Por qué aprendí a procrastinar

13 Feb 2016
kozub
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Por Adam Grant para TNYT en Español

Normalmente habría terminado esta columna hace semanas. Pero seguí dejándola para después porque mi propósito de Año Nuevo es procrastinar más.

Supongo que, tarde o temprano, les debo una explicación.

Todos pensamos que la procrastinación es una maldición. Más del 80 por ciento de los estudiantes universitarios se la pasan procrastinando y necesitan noches de desvelo épicas para terminar ensayos y estudiar para los exámenes. Aproximadamente 20 por ciento de los adultos dicen ser procrastinadores crónicos. Y solo podemos imaginar cuánto subiría ese porcentaje si más personas tuvieran tiempo de llenar la encuesta.

Sin embargo, aunque la procrastinación es un vicio que afecta la productividad, he aprendido ⎯muy a pesar de mis instintos naturales⎯ que es una virtud en el momento de ser creativo.

Durante años creí que era mejor no dejar para mañana lo que podía hacer hoy. En el posgrado presenté mi tesis con dos años de anticipación. En la universidad escribía mis ensayos semanas antes de la fecha de entrega y terminé mi tesis cuatro meses antes. Mis compañeros de habitación decían en broma que yo sufría de una versión productiva del trastorno obsesivo-compulsivo. Los psicólogos acuñaron un término para mi enfermedad: precrastinación.

La precrastinación es la necesidad de comenzar una tarea inmediatamente y terminarla tan pronto como sea posible. Si eres un precrastinador de verdad, el progreso es como oxígeno y la postergación es una agonía. Cuando recibes un torbellino de correos y no los contestas enseguida, se siente como si tu vida estuviera dando vueltas sin control. Cuando tienes que dar un discurso el siguiente mes, cada día que no trabajas en él te provoca un vacío acechante, como si un dementor absorbiera la felicidad del aire que respiras (busca qué es un dementor… ¡pero ya!).

En la universidad, mi idea de un día productivo era escribir desde las 7 a.m. y no despegarme de la silla sino hasta la hora de cenar. Estaba buscando el “flujo”, un estado mental descrito por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi en el que estás tan absorto en un quehacer, que pierdes el sentido del tiempo y el espacio. Me metí tanto en esa zona de concentración que ni siquiera me di cuenta cuando mis compañeros de habitación hicieron una fiesta mientras yo escribía.

Pero los procrastinadores, como dice el escritor Tim Urban en el blog “Wait But Why”, están al servicio de un mono que vive en sus cerebros y quiere satisfacción instantánea; se trata del mismo mono que pregunta: “¿Para qué trabajar en una computadora si el internet está ahí, esperando a que juguemos con él?”.

Si eres procrastinador, ganarle al mono puede requerir cantidades colosales de fuerza de voluntad. Pero puede que un precrastinador necesite la misma dosis de fuerza de voluntad para no trabajar.

Sin embargo, hace unos años, una de mis estudiantes más creativas, Jihae Shin, cuestionó mis hábitos de anticipación. Me dijo que sus ideas más originales se le ocurrían después de haber procrastinado. La reté a que lo probara. Obtuvo acceso a un par de compañías, hizo una encuesta a los empleados para saber qué tanto procrastinaban y pidió a los supervisores que evaluaran su creatividad. Los procrastinadores alcanzaron notas significativamente más altas que los precrastinadores como yo.
No me convenció. Así que Jihae, que ahora es profesora en la Universidad de Wisconsin, diseñó varios experimentos. Le pidió a las personas que propusieran nuevas ideas de negocios. A algunos se les pidió empezar de inmediato. A otros les dieron cinco minutos para jugar Buscaminas o Solitario antes de hacerlo. Todos entregaron sus ideas, y hubo participantes independientes que evaluaron la originalidad. Las ideas de los procrastinadores fueron 28 por ciento más creativas.

El Buscaminas es genial, pero no fue el causante de ese efecto. Cuando las personas jugaron antes de enterarse de la actividad, la creatividad no aumentó. Solo pensaron en ideas más innovadoras cuando supieron de la actividad y después la postergaron. Resultó que la procrastinación alentó el pensamiento divergente.

A fin de cuentas, nuestras primeras ideas son, por lo regular, las más convencionales. En la universidad, mi tesis de grado acabó repitiendo un montón de ideas previas en vez de proponer otras nuevas. Cuando procrastinas, es más probable que dejes divagar a tu mente. Eso te da una mayor probabilidad de toparte con lo inusual y detectar patrones inesperados. Hace casi un siglo, el psicólogo Bluma Zeigarnik descubrió que la gente tenía mejor memoria de las tareas incompletas que de las completas. Cuando terminamos un proyecto, lo archivamos. Pero cuando se queda en el limbo, permanece activo en nuestra mente.

De mala gana, reconocí que la procrastinación podría ayudarme a ser más creativo en el día a día. Pero los logros monumentales son otra historia, ¿no?

¡No! Steve Jobs procrastinaba constantemente, o eso me han dicho varios de sus colaboradores. Se ha descrito a Bill Clinton como un “procrastinador crónico” que espera hasta el último momento para revisar sus discursos. Frank Lloyd Wright pasó casi un año postergando un proyecto, hasta el punto de que el cliente enfureció e insistió en que dibujara algo en ese momento; su bosquejo se convirtió en la Casa de la Cascada, su obra maestra. Aaron Sorkin, el guionista que escribió “Steve Jobs” y “The West Wing”, es conocido por postergar su trabajo hasta el último minuto. Cuando Katie Couric le preguntó al respecto, él respondió: “Ustedes lo llaman procrastinación. Yo lo llamo pensar”.

¿Y si la creatividad es posible gracias a la procrastinación y no a pesar de ella? Decidí intentarlo. La buena noticia es que no soy nuevo en la autodisciplina. Así que una mañana desperté y escribí una lista de quehaceres para procrastinar más. Después me dispuse a lograr la meta de no progresar en ninguno de mis objetivos. No me fue muy bien.

Mi primer paso era retrasar las actividades creativas, empezando con este artículo. Resistí la tentación de sentarme y empezar a escribir; en vez de eso, esperé. Mientras procrastinaba (es decir, mientras pensaba), recordé un artículo que había leído meses antes, cuando precrastinaba. Caí en cuenta de que podía aprovechar mis propias experiencias como precrastinador para presentarle el tema a los lectores.

Después, me inspiré un poco en George Costanza de “Seinfeld”, quien se hizo el hábito de renunciar cuando mejor le iba. Cuando empezaba a escribir una oración que parecía buena, me detenía a la mitad y me alejaba. Más tarde, cuando regresaba a redactar, era capaz de seguir donde me había quedado. Mitch Albom, autor de “Tuesdays with Morrie”, utiliza el mismo truco. “Si te detienes a mitad de una oración, está perfecto”, me dijo. “Así, la mañana siguiente querrás regresar de inmediato”.

Una vez que terminaba un borrador, lo guardaba durante tres semanas. Cuando volvía a leerlo, tenía la suficiente distancia como para preguntarme: “¿Qué clase de imbécil escribió esta porquería?” y reescribía la mayor parte. Sorprendentemente, tenía material nuevo disponible: durante esas tres semanas, por ejemplo, un colega había mencionado el hecho de que Sorkin era un procrastinador ávido.

Descubrí que en cada proyecto creativo hay momentos que requieren pensar más lateralmente y, sí, también más lentamente. Mi necesidad natural de terminar las cosas antes era una manera de bloquear los pensamientos complejos que me dirigían a lugares insospechados. Estaba evitando el dolor del pensamiento divergente… pero también me estaba perdiendo de sus recompensas.

Desde luego, la procrastinación puede ir demasiado lejos. Jihae encargó a un tercer grupo de personas, al azar, que esperaran hasta el último momento para comenzar sus proyectos. Tampoco fueron tan creativos. Se apresuraron a implementar la idea más sencilla, en vez de trabajar en una nueva.

Para evitar esa clase de procrastinación destructiva, la ciencia ofrece algunas guías útiles. Primero, imagina que fracasas colosalmente, así el frenesí resultante de la ansiedad podría hacer que tu motor reaccione. Después, haz que tus estándares respecto de lo que cuenta como progreso sean más bajos, y estarás menos paralizado por el perfeccionismo. Encontrar pequeños espacios de tiempo puede ayudar también: el psicólogo Robert Boice ayudó a que estudiantes de posgrado superaran el bloqueo de escritor al enseñarles a escribir durante quince minutos al día. Mi paso favorito es el precompromiso: si te apasiona el control de armas, descarga la aplicación stickK y suelta un poco de efectivo por adelantado. Si no cumples con tu fecha límite, tu dinero será donado a la Asociación Nacional del Rifle. El miedo a apoyar una causa que desprecias puede ser una motivación poderosa.

Pero si eres procrastinador, la próxima vez que estés atrapado en la oscuridad de la culpa y del odio a ti mismo debido a que no eres capaz de comenzar una tarea, recuerda que hay una clase de procrastinación oportuna, que podría hacerte más creativo. Y si eres precrastinador, como yo, valdría la pena dominar la disciplina de obligarte a procrastinar. No debe darte miedo dejar tu trabajo incom

Adam Grant es profesor de administración y psicología en la Warton School de la Universidad de Pennsylvania, escritor colaborador de la sección de Opinión y autor de “Originals: How Non-Conformists Move the World”.

Texto original en ingles: Why I Taught Myself to Procrastinate

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